viernes, 3 de junio de 2016

Tal vez si soñamos

Más que nunca y, como en mi vida siempre,
irremediablemente impaciente.
Tengo la necesidad, conmigo
de sentirte y de tocarte,
de tenerte como abrigo.

Es la conexión tan fuerte,
que la desconexión me mata.
La prisa por conocerte a fondo
y a la vez la incertidumbre
por rozar muy poco a poco,
por mantener viva la lumbre.

Encuentro un hogar en tus ojos,
castaños y llenos de vida.
Recogen de mi corazón despojos
y en tus manos les dan cabida.

Incluso cuando discutimos
por la maldita sintonía,
para mí somos dos músicos
al son de una melodía.

Y si perdemos la fe,
probablemente esté escondida
entre un beso que me des
y una carcajada limpia.

Si esto no es algo grande
que me traigan la primavera;
me reiré como nunca antes
de su dimensión austera. 

Tal vez, la conexión es tan fuerte
que la desconexión es terrible.
Tal vez, la sintonía nos falla
porque la música no se repite.

Tal vez queramos comprendernos tanto,
que un fallo nos da dolor de cabeza.
Arráncame las lágrimas si con eso
deshago nudos en tu maraña de ideas.




Pasara lo que pasara, iba a salir de aquello como siempre: con muchísimas agallas y una fuerza que a veces no sé ni de dónde sacaba. Oliendo y sabiendo a café y con la tinta en la boca. Con el dolor destruyendo todo y haciendo que, por momentos, me importara cada vez menos lo que le pasaba al corazón. Fingir que no tenia nunca era una opción; fingir que podía arreglarlo, cada vez más difícil y lejano. Soñar, la única forma de evadirme; el insomnio, siempre presente mientras las lágrimas luchaban por salir apelotonadas del lagrimal, queriendo descender por mi mejilla.

Iba a salir de aquello porque era lo que siempre hacía: salir. Hacia dónde, ya era otro tema. Qué difícil parece sentirse bien cuando no encuentras razones. Si sales, si sigues, es porque entre todo ese barro te encuentras a ti mismo, fuerte aunque a veces te derrumbes y entero aunque hayas perdido pedazos por el camino.

Pasara lo que pasara, la vida seguiría y yo siempre tendría metros cuadrados de más para un corazón que cada vez era menos.

martes, 10 de mayo de 2016

Temporal



A veces, cuando parece que el buen tiempo ha llegado para quedarse, vienen lluvias torrenciales. El viento se lleva tu paraguas y te azota en la cara para que sepas que no tienes que relajarte, que la vida está lejos de ser un camino de rosas. Caminas hacia la dirección que quieres, por mucho que cueste y que el temporal te empuje hacia otro lado y solo esperas llegar lo menos empapado posible. 

A veces, cuando crees que el calor te acompañará siempre, necesitas una manta y un buen té en la despensa por si vuelve el frío a colarse por la ventana y a hacer una parada bajo el edredón. Y si ocurre (que lo más probable es que ocurra) tu mejor arma es no pensar en lo malo del frío, sino en el cielo de diferentes tonalidades grises, en las gotas cayendo en la ventana, en sopas recién hechas y en hundir las botas de agua en todos los charcos que haya en la ciudad. 

Y de verdad, de verdad, que a veces, en medio de todas esas tormentas alguien te dice "no vale la pena" y te hace pensar, aunque sea mentira, que no mereces mojarte ese día. Y aunque quizá otro día valga la pena soplar las nubes y descubrir el sol, hoy por hoy te pones la capucha, metes las manos en los bolsillos y caminas mientras resuenan las gotas contra la acera, contra el abrigo, contra la vida... limpiando cualquier cosa que haya podido ensuciar la primavera.

miércoles, 13 de abril de 2016

Posguerra

Siempre encuentro motivos para desvelarme. A veces simplemente la realidad me mantiene alerta porque los sueños me parecen mediocres en comparación. A veces son los sueños los que anhelo porque igual, y solo igual, si mi subconsciente se comporta, me muestre aquello que quiero ver. A veces dudas y fantasmas se apelotonan en mi cama y el simple contacto con ellos me congela los pies. Noto la oscuridad amparando pesadillas y las sábanas guardando pensamientos fúnebres al son de una balada que se me antoja el requiem de todas las cosas bonitas que me pudieran suceder. 
Tengo miedo y casi siempre es un motivo para desvelarme. Porque me paraliza cualquier cosa que consigo pueda llevar de la mano un solo objeto punzante que raje este corazón y haga llorar este alma. Cierro las puertas a todo, guardo el corazón bajo llave. Tiro las posibilidades al mar en el que siempre naufrago cuando me lanzo desde aquel acantilado; tan seductor me parece cada invierno...
Y ahora hay silencio y resuenan todas las dudas y susurran todos los recuerdos y brota en mí el insomnio que no se aventura pasajero. Me grita la razón y pocas veces atiendo. La valentía dormita, drogada por la cautela. En un nuevo terreno, desconocido y exótico, suaves son los pasos que da el alma para no dinamitar en mil pedazos. "Velar tus sueños no puedo, más puedo limpiar tus heridas de guerra." 

Cansada de batallar, descanso, los párpados mueren en la arena: no sé si me han rescatado o he llegado tras permanecer a la deriva cientos de lunas llenas. 

miércoles, 23 de marzo de 2016

Un café para el recuerdo y por el olvido

Su rostro no tenía precio. Resplandecía tras un bigote descuidado y bicolor al que le había precedido una espesa barba que de una semana a otra había desaparecido. Siempre le dábamos la mano pero aquella vez fue para una despedida con ganas, con gratitud, no sabíamos si más en su sonrisa o en la nuestra. Enorme, como el rascacielos más alto de Madrid, era la cálida sensación que nos llenó al cruzar Gran Vía tras habernos dicho 'adiós' sabiendo que era 'hasta pronto'.

Fue él quien nos propuso que le invitásemos a un café, algo que lejos de parecernos desproporcionado o descarado, nos pareció fantástico. No quisimos dejarlo pasar y siete días después estábamos sentados en la barra de un bar, como quien se sienta con un amigo, con un colega, con alguien que conoces de toda la vida pero a quien llevas cuarenta años sin ver y necesita ponerte al día. Se reía mientras relataba las anécdotas de sus primeros años trabajando, más o menos verosímiles pero siempre interesantes. Recordaba sin una pizca de vergüenza pero con algo de rencor el momento en el que la vida lo arrastró a la calle, hasta el cartón donde, como él decía, “maldormía” a no ser que una cerveza le ayudase a dormitar hasta caer toda la noche. Hablaba de gente que le llamaba la atención por la calle, de aquella mujer a la que le hubiera gustado acercarse para hablar, de aquella joven que, decía, le recordaba a mí y que veía a menudo por el centro. 

Casi no mencionaba nuestros nombres, pero yo estaba segura de que se acordaba y de que, en algún lugar en su interior, a veces esperaba que apareciera por allí a solicitar asiento, un acto meramente cordial, pues yo sabía que jamás iba a recibir una respuesta negativa. 

Nunca le había visto tan contento, pero los tres sabíamos que no era por el café. El café siempre era la excusa; aquel brebaje con el que lo mismo confiesas el peor de tus pecados que te enamoras cualquier tarde de invierno, pero que tan sólo calienta las manos y predispone las almas para lo que tenga que venir. Él no pagó, sino con sus palabras y sus historias, y eso era más que suficiente.

La semana siguiente, ya sentados en el cartón, le bastaron dos minutos de cordialidad para que empezara a contar hazañas y anécdotas, historias de su día a día, reflexiones confusas, un vago recuerdo de cómo era la ciudad cincuenta años atrás. Volvió a sugerirnos lo del café: quería compartir y olvidar el frío.


Nunca pensé que el agradecimiento pudiese dormir en un cajero. Consiguió que una noche de febrero pareciera un día de abril.

domingo, 13 de marzo de 2016

Más allá de las montañas: Capítulo 5

Los grandes árboles del bosque eran los únicos que no habían cambiado. Nora reflejaba en sus arrugas el paso de los años, al igual que sus hermanas. El abuelo se había quedado en casa, ya apenas podía andar y se despidió de Julián antes de que saliera. Solo ellos cuatro llegaron a la frontera del bosque, sin más ruido que el de sus pies pisando las hojas secas del otoño. El otoño más triste desde que había nacido Julián. El otoño más triste en dieciséis años. Pero también era un otoño lleno de esperanza. Julián sentía en su pecho más que nunca la responsabilidad y la oportunidad que su madre le había brindado, pero a la vez una gran angustia por dejar atrás lo que había conocido y querido: su familia, sus amigos, la gente de aquel pequeño lugar. También el miedo. Nadie sabía que había más allá de las altas montañas con las que soñaba su madre, nadie sabía si cerca habría gente o si tendría que andar durante años hasta poder llegar a un sitio habitado. No sabía dónde estaba ni a dónde iba, y solo contaba con una mochila bien equipada y la esperanza de cumplir con aquel futuro mejor.

Besó y abrazó a sus tías y después se acercó a su madre. Ambos retenían las lágrimas, pero a la vez sonreían. No creían que aquello fuese a pasar. Les dolía separase, ambos habían sido su apoyo y consuelo mutuo, su mayor alegría y mayor motivo de vivir. Para Nora era todo lo que tenía y todo lo que le quedaba de Miguel. Y ahora lo dejaba marchar. Tras un eterno abrazo que se hizo corto en comparación con saber que el resto de sus días estarían probablemente separados, Julián cruzó, como había hecho muchas veces desde que tenía consciencia para saber que debía volver, comprobando con su madre que seguía siendo inmune a aquella maldición. Pero esta vez cruzó para no regresar, saludando desde el otro lado de la barrera invisible y dejando caer las lágrimas a medida que avanzaba. El mundo se hizo inmenso ante sus ojos, pero tenía el paso firme. Siempre cabía la posibilidad de volver si la muerte se asomaba antes de llegar a algún sitio habitado. Pero no volvió.

Su familia pasó los primeros meses con el corazón en un puño: podría haber muerto o haber llegado a algún sitio donde encontró la felicidad. Pronto se acostumbraron a la incertidumbre, aunque no a la falta. Y miraban al cielo esperando vagamente alguna respuesta a las incógnitas que despertaban el destino de Julián. Los vecinos preguntaron y finalmente tuvieron que explicar cómo había sucedido lo que consideraron un milagro. Pero la mayoría de personas no quisieron que sus hijos se marcharan, así que solo unos pocos eran mentalmente preparados para salir de ese lugar sin sentir más miedo del que su cuerpo podía permitirles. Al principio todos se compadecieron de Nora, acusándola incluso de ser una mala madre por haber dejado que Julián se fuera sin saber si podría sobrevivir, alejándole de su familia y su conocida y querida comunidad. Pero ella no escuchaba sus argumentos cerrados y supersticiosos. Solo sentía en su corazón la ferviente sensación de que su hijo había encontrado la vida fuera de aquellas barreras.



Epílogo


Un día cualquiera un joven viajero llegó con su familia al pueblo. Iba de la mano de una bonita mujer y detrás corrían dos niños de unos doce años. Para él era un día excepcional, y se encontró con un lugar excepcional, mucho más deshabitado de lo que él lo había conocido. Supo reconocer a todos los ancianos, pero no a los adultos ni a los niños. Supo reconocer, por supuesto, una vieja casa separada de las demás, muy cerca de la colina donde nació y donde ahora una anciana mujer vivía con dos mujeres. Todas tenían el claro color del cabello de Julián, pero solo una tenía arrugas de mirar al cielo sonriendo y los ojos chispeantes de esperanza.