lunes, 26 de octubre de 2015

La lucha moral sobre Primark.

Creo que aún sigue habiendo cola en el enorme Primark de cuatro plantas que se abrió en Gran Vía hace casi dos semanas. Aún no he ido, pero tenía todas las ganas de ir. Digo tenía porque, aunque ya lo sospechaba, me he encontrado con esto. Si lo has leído, medita. Compres en Primark o no, probablemente las condiciones laborales de los sitios donde compres ropa (u otros enseres) sean los mismos.Yo no vengo a contaros como son, buscad un poco, hay más como ese artículo de El Confidencial que hablan de Inditex (cuyo propietario, por cierto, sigue considerándose un ejemplo de superación y de emprendimiento), H&M, Levi's, Disney... y muchas otras marcas. El problema es: lo apoyes o no, ¿qué haces? Bueno, yo he buscado páginas que me diera marcas de cosas fabricadas en Europa. Esto antes era algo más o menos honorable, pues aún podíamos decir que teníamos un salario normal, pero es que aún ni con esas estamos evitando que alguien cobre una miseria por trabajar muchas horas. Porque, queridos compañeros, 700 euros al mes es una miseria en un país europeo. 
Sé que voy a volver a Primark. Y a H&M. Me encantan y, aunque quiera, apenas puedo huir. Apenas nada se fabrica ya en un sitio donde las condiciones laborales sean, como mínimo, decentes. Sin contar con que muchas cosas fabricadas en Europa se venden a precios desorbitados con esa misma excusa, y yo formo parte de una de esas familias que cobran nada decentemente. 
Parece mejor ignorarlo y seguir comprándome, como dice el artículo, pantalones a ocho euros, como he hecho todos estos años atrás y como probablemente seguiré haciendo. Parece mejor porque tampoco hay más opciones y ya puedes gritar delante de un Primark o repartir panfletos sobre sus condiciones laborales que va a seguir habiendo cola y probablemente te metas en un lío.
En este punto, y con todo el dolor de mi corazón, puedo decir que aunque a veces parezca que somos muchos los que criticamos este sistema por el cual todos quieren tener más sin importarles que se lo están quitando a otros, ellos siempre serán muchos más y harán colas más largas en las grandes marcas que las que hacemos algunos para ir a votar.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Expectativas

He vuelto. Y aunque a veces la ciudad me agobie y estrese, siento más que nunca las ganas de quedarme. Este sitio me aleja de fantasmas pasados y me rememora momentos felices. También me chilla, me pita, me ladra y me avisa de que el metro se va conmigo o sin mí. Empiezo a sentir aires de hogar: estoy con la familia que se elige. Me desvelo y me desoriento porque adaptarme a los cambios siempre me resultó difícil. Pero me gusta. Aunque sueñe con aventuras quizá no estoy hecha para vivirlas. O quizá cuando las viva se conviertan en pesadillas.
Esto no es una mera sucesión de sentimientos. También es reflexión, ahínco en lo hondo de mi mente, descripción de nuevos olores y ruidos a mi alrededor Recuerdo aquello de mirar el desagüe de la bañera, que se lo traga todo. Mi desagüe está sucio y carece de rejilla, así que se traga más de lo que debería. Supongo que no siempre podré adaptar mis costumbres y creencias allá donde vaya, que a veces tendré que ceder, adaptarme yo, aprender de nuevo. Esa gran sensación de cambiar algo que creías o pensabas por algo mejo. Un leve momento de difícil reflexión, que a pesar de lo que pensabas te digan que tienes pensamientos prejuiciosos y cerrados. Pero te niegas. Me niego. No sé lo que quiero ser pero sé lo que no quiero ser. Así que callo y escucho. 

La madera se friega con vinagre y no por mandar más te van a hacer más caso.

martes, 1 de septiembre de 2015

Y con un final

Cualquier retazo de ti me es válido para estas noches. Cualquier dato inoportuno e inexacto sobre qué cómo, cuándo o por qué. Quizás esto sea más comunicar que aliviarme. Quizá partí en dos los restos de esta historia, quedándome con la esperanza y los recuerdos, tirando los fantasmas y las fobias. A veces imagino sin fronteras; en mi mente no hay vallas de espino ni alambradas, ni barreras. Imagino y no me quedo atrás en creatividad ni en ideas. Recorro todas las opciones de un rencuentro. Tengo todas las papeletas para una telenovela. Y aún así me quejo. Y mientras busco comprensión a noches en las que más que en vela me quedo en la oscuridad de mi mente, avanzo con zapatos hechos con mis propias decisiones, con seguridad y caricias que reconstruyen todo lo derribado. Suenan canciones de tiempos nuevos, pero como dice Irene X "ni llevarán tu letra ni me harán olvidar tu música". ¿Y si ya no soy la protagonista de esas historias? Me salí de un cuento para meterme en otro y ahora soy un personaje que intenta escribir sobre princesas fuera de Camelot. Quizá nunca más vuelva a serlo. Y aunque esta noche cualquier retazo de ti me es válido, quizá mañana no me sirva con saber inexactamente un qué, un cómo, un cuándo o un por qué.

Pero esta noche... esta noche, me conformo.

domingo, 24 de mayo de 2015

Y al final, otro domingo para pensar

Al final te conformas. Pides el café sin leche y le echas todo el azúcar, porque para qué hacerlo como siempre te ha gustado. Al final te conformas con ser castaña clara y no pelirroja porque la vida no te lo ha dado y más te ha dado que te ha dado lo mismo ser una cosa que otra. Te conformas y el pleno domingo de "cambio" pierdes la esperanza de que algo trascendente vaya a pasar, de que la esencia del juego vaya a cambiar. Al final te tumbas, miras al techo, pones malas caras porque no eres capaz de hacer algo que solucione tus problemas de espalda. Y no tienes ni veinte años. Pero ahí estás, conformándote con ser como la media, mediocre, absurda, desinteresada e incapaz. Con escribir de vez en cuando para creer que sirves para algo, intentando ayudar a los demás para sentirte mejor contigo misma y estudiando algo que sabes que no tiene ningún futuro, y si lo tiene, probablemente será donde nunca quisiste acabar. Porque al final nada vale más que una buena tarde leyendo a aquellos a quien admiras o sobre aquello que de lo que te gustaría formar parte. Te conformas con que te cuiden o te entiendan, porque tener ambas parece imposible. Te conformas con engañarte cada día sobre lo que estás haciendo, sobre creerte capaz de vivir con alguien que nos seas tú. Quizá solo sea capaz de vivir con las letras y de dormir con los libros. Te conformas porque no aguantas más dolores de cabeza, ni luchar más, no hay más fuerzas. Y no tienes ni veinte años. 

Pero aquí estás, un domingo por la tarde intentando entender por qué nada te hace sonreír si a falta de todo, tienes lo que hace falta para ser quien quieres ser o para no ser nadie.

lunes, 4 de mayo de 2015

Estimo y deseo literatura para siempre

Y quizá si nosotros nos ponemos de nuestra parte consigamos arrancar las dudas. Y quizá si en vez de cantarle al tiempo le cantamos al ahora y olvidamos las afiladas garras del pasado podamos permanecer cuerdos y juntos. Y enamorados de esta ciudad a pesar de sus pesares y de su horrible tráfico mañanero. A pesar de sus consternados ciudadanos que cruzan sin apenas levantar la mirada cualquier paso de cebra para coger el metro por tercera vez en un día. A pesar de formar parte de ellos. No pedía parar aquella locura, que al fin y al cabo era el precio de la libertad que siempre ansié. De volver a mis raíces, de comprar cada domingo en una librería de segunda mano, de escuchar en cualquier calle central a Pachelbel. 
No estaba cansada de vivir en Madrid, ni de escribir sobre ella, pero a veces necesitaba respirar. A veces me sumergía en eternos sueños, cerraba la persiana y leía cualquier cosa de mi, cada vez mayor, colección de libros, cogidos probablemente para siempre de la estantería de mi casa, comprados en cualquier callejuela firmados por 'vetetúasaberquien' y maltratados involuntariamente de llevarlos en bolsos y mochilas por toda la ciudad. A veces me preguntaban que por qué llevaba libros y yo solo quería responder que si no llevo literatura, qué narices voy a llevar encima. Nunca conseguiré llenar esos enormes bolsos si no es de libros.
Y no pedía parar aquella locura, a pesar de los momentos de debilidad ante el supuesto destino que acechaba; no podía ni quería. Estaba exactamente donde quería estar: en esos abrazos frágiles, en esa ciudad ruidosa, en esa carrera sin futuro.

En esos trenes que me daban excusas para leer más de lo que ya lo hacía.