jueves, 4 de diciembre de 2014

Vajilla rota y otras realidades descompuestas

Adiós. Sonó de repente y sin dar un portazo salió, otra vez, de aquella locura. Volvió para poner punto y final antes de que yo pudiese soltar el libro y gritar una breve despedida. Huyó como siempre, antes de que yo puediese echar a correr. Huyó tan despacio que las paredes quedaron impregnadas de aquella falta de ruido.

Yo, capaz de encontrar el silencio en aquella bulliciosa ciudad, de atraparlo y meterlo en mi casa, cuando me iba daba portazos en las vidas de los demás. El estruendo tiraba las copas y rompía los cristales. El silencio me lo llevaba yo, siempre yo, pues el caos quedaba para otros y yo cerraba los ojos para no ver los destrozos que iba provocando.

Noviembre traía solo para mí aquellas tormentas que irrumpían a media noche y golpeaban las ventanas. Intentaba matar el tiempo, sonaba siempre música y cuando no, yo misma cantaba, aporreaba una guitarra, fregaba dejando notas en los platos, en las cacerolas, en cualquier despuntado tenedor.

Recordaba, con una mano en el corazón, aquellos ocasos y aquellos crepúsculos que ya pertenecían al pasado, pero que en mi mente estaban muy presentes y soñaba siempre con que fueran futuro.

Le miré a los ojos y creí encontrar verdad, pero todo se desvanecía por momentos. Se derrribaba en sin hacer ruido, como había sucedido todo aquello, sin que apenas me percatase. Adiós, sono de repente. Y me fui buscándole lógica, como si nunca hubiese esperado aquello, como si no me hubiese prevenido.

Adiós, oí una vez más. Pero ya no era real. Entre medio de aquel silencio, solo retumbaba como un recuerdo, como un atisbo de aquella decepción, otra despedida.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Cafés derramados alguna semana después

Que alguien me saque esto de dentro.
Que alguien me saque esta mierda
o me meta algo que me llene.
Que me operen, que me abran en canal.
No para verme, porque no hay nada.
Nada, absolutamente nada más
que una mancha de café 
y  unos cuantos poemas rotos.
Que me quiten los minutos de desesperación,
que cierren la ventana; 
entran demasiados fantasmas.
Que me hagan parar cuando intento buscar respuestas
a algo que no sé si las tiene.
Que me griten, que me chillen
si no me doy cuenta de que malgasto el tiempo,
de que la noche se esfuma
aunque los relojes callan.
Que alguien me haga dejar de escribir 
sin sueño ni  fuerzas ni corazón
poemas de madrugada.
Que alguien escriba una canción
que no hable de cómo me siento,
que me haga olvidar la razón
que acalle mi pensamiento.
Que alguien me quite todo esto,
me desnude de otoños rotos,
me evite los inviernos sordos.
Y si no,
y si pretendo ser mi propio "alguien"
y sacarme de esas madrugadas
amargas como los abrazos dados después de una mentira,
que alguien me de otro café,
ya me mancho yo la camisa,
ya me rompo yo los poemas.
Escribiré de madrugada, 
que si no puedo arrancar el sentimiento
lo taparé con tinta,
lo mataré con rabia.

jueves, 13 de noviembre de 2014

Finales abiertos

Caía el silencio como las primeras hojas de este otoño tardío. Caía de forma tan ruidosa que me impedía dormir, que me atormentaba en soledad, que me arañaba el alma. Me hacía pequeña y agarraba con fuerza y temblor mi cuerpo, que parecía desvanecerse con el sol a media tarde.

Horas muertas bajo las sábanas sin saber muy bien por qué; corrían las agujas del reloj de mi juventud, desperdiciaba tardes de lluvia, intensa tempestad que amenazaba con arrasarlo todo. Las luces del día iluminaban mi evidente devenir, mis días tirados, mis actos de desesperación y desesperanza, de desvelo y desdén.
De destierro de la vida.

Quería huir.
Pero correr sin fuerzas, volar sin alas, una tarde de domingo sin café.
Me repetía que había más, que saltara de la cama, que buscara un compañero de silencio y de paseo, de rutina, de un día más así.

La oscuridad traía fantasmas que me susurraban tus recuerdos y me escupian la realidad, que me atormentaban hasta que no podía más y caía rendida al mal sueño. Yo solo tenía preguntas, amaneceres forzados. Y un vacío atravesando el pecho y tocando la mirada, incapaz de expresar ni la mitad de lo que expresó antaño.

"No tengo miedo a tener miedo", tengo miedo a no poder superarlo, a caer en la cobardía y a no arriesgar nunca más, a no coger más trenes cargados de incertidumbre y esperanza, a que alguien me mire a los ojos y no ser capaz nunca más de entender que me está hablando sin palabras. 

miércoles, 22 de octubre de 2014

Debilidad y noches en vela

Descuida, hacerme daño a veces es tan sencillo como respirar. No eres tú, soy yo, que nací vulnerable y con una irreflenable necesidad de que me abrazaran. Que a veces soy acero y a veces pluma, soplan a mi frágil existencia y vuelo sin rumbo, me caigo, me pisan, me rompen. 

Descuida, aún no eres un error, un mal trago, ni si quiera eres pasado. Aún eres y no 'has sido'. Y yo soy. No sé qué soy, pero soy. Porque pienso. En ti, casi todo el tiempo. En mí, el resto de él. En parar esta tormenta absurda que quiere llevárselo todo, en parar tu desastre interior, tu desesperanza, tu inseguridad, tu cobardía, tus miedos. Tu miedo a ser feliz. 

Y tranquilo, tranquilos todos, aunque no lleve paragüas no me molesta la lluvia. Y cuando llevo la disfruto. La huelo, la oigo, me dejo empapar a veces. Hasta cuando llueve en casa, en la habitación, en mi cama. Dejo que suelte su potencial; después siempre amaina. 

Sé que amaina. 

viernes, 10 de octubre de 2014

10/10/14 0:34 Madrid

Avisto sin mucha dificultad desde donde me hallo sentada esas cuatro torres que parece que caracterizan esta ciudad abarrotada de gente, que me ha absorbido la energía y las ganas en las últimas semanas, que me ha puesto la rutina y la vida patas arriba, que me han separado de cosas que quiero y me han acercado, sin embargo, a mí misma; que me he encontrado expuesta a la responsabilidad, a la falta de tiempo, al sueño, a las relaciones sociales infortuítas y un poco e inevitablemente, a la soledad.
Esta ciudad donde cada quinientos metros hay alguien pidiendo dinero, donde "la vida es un metro a punto de partir", donde dos cafés no son suficientes, donde la música suena constantemente en el subsuelo; donde comparto inquietudes con cientos de personas más. Donde soy un número, una cifra, un rostro más que se cruza con otros tantos por la calle. Aquí donde puedes cantar en el transporte público, llorar sin que te pregunten y reirte aunque te miren mal. 
Hacía más calor del que en octubre acostumbra hasta que una lluvia intensa, que pilló a media ciudad en manga corta y sin paragüas, deshizo el sol entre las nubes y ahora solo hay esa capa que permanecerá casi todo el invierno, protectora de la boina de humo y contaminación que sí que caracteriza Madrid. Sol se llenará de paragüas y gente congelada, olerá a castañas en la Plaza Mayor, buscaremos refugios en cafeterías un domingo por la mañana en el Rastro y si la facultad tiene calefacción parecerá una bendición.
Huiré un fin de semana, en esos odiosos buses con anuncios a todo volumen, de esta locura que me vió nacer y me verá formarme y volveré, a ver desde mi ventana nada más que un descampado en el que pastan ovejas y un castillo en el que sopló el aire azotando mi cara un día de septiembre en el que la vida nos dió otra oportunidad.