martes, 3 de diciembre de 2013

Como un árbol de hoja caduca.

Faltaron años de experiencia para escribir, cuando todo empezó, una metáfora lo suficientemente correcta como para expresar una vida que parecía predestinada a la repetición y a los inviernos malditos. Pero el tiempo pasa y yo recuerdo las cosas como si pasaran ayer, pero como si fuesen eternas. Eternas y capaces de hacer aflorar sentimientos que hasta que vuelven a surgir, parecían enterrados bajo experiencias de cielos despejados y noches de calle y compás. 
Entonces todo se repite, como la última vez que el frío aparcó en mi ventana durante meses, aparcando también en mi vida, llenándola de incertidumbre y caminos nevados que me hacían tropezar. Nada que ver con esas mañanas de calor y luz, que llegaban hasta el último rincón y recoveco de mi habitación, de mi cama, de mi mente, de mi vida. Que lo alumbraban las cosas que pasaban y las hacía bonitas y estables. En otoño mi balcón se revoluciona. Caen hojas secas, llueve suave pero avisa de tormenta, y después sale el sol. Radiante, esperanzador. Alterando los días y haciéndolos imprevisibles y revolucionando mi mente hasta la desesperación que es la incertidumbre constante y absurda. 
Y en diciembre nada alumbra, todo se cubre de ese manto gris que de vez en cuando deja caer sus lágrimas, se retuerce sobre sí y el sol busca un hueco entre la niebla, el frío, la soledad. Pero hiela un día tras otro, hiela hasta que en marzo o abril florece todo. O lo intenta.
A veces nieva en primavera. 

lunes, 25 de noviembre de 2013

Vivir es no saber cómo hacerlo bien.

No nos gusta estar perdidos. No nos gusta estar en medio de un camino que se divide en dos, en tres, en miles de opciones a elegir. No crees que nadie pueda aclararte las ideas, no crees que nadie pueda rebuscar lo suficiente en tu enmarañada cabeza y sacar lo que de verdad, dentro de ti, quieres. Quizá ni rebuscando se sepa. Quizá necesites andar y probar. Tomar un camino sabiendo que quizá nunca más puedas volver atrás. Al final, como la razón no esta casi nunca de tu parte, decides hacer cosas absurdas y creer en supersticiones que jamás pensaste que usarías. Que tiras la moneda al aire y esperas descubrir que esconde tu mente, aunque no tu razón. Tienes miedo, como siempre. Niña estúpida, caprichosa e indecisa. Esperas que todo salga tan bien en tu vida que te quedas atrás, que no decides, que no actúas. Que intentaste educarte tanto en el pensamiento y en lo razonable que ahora solo sabes pensar. Que quizá te estas olvidando de vivir. 
Así que tira la moneda y levántate alguna mañana sin saber que quieres, pero sin miedo a decidirlo.
Que si hay que deshacer el camino, se vuelve corriendo las veces que haga falta.

lunes, 21 de octubre de 2013

Crecer.

¿No te sientes un niño aún? Entras en un ascensor de desconocidos y todo el mundo mira hacia abajo. Menos los niños; ellos alzan la vista y observan a su alrededor. Nadie les dirá nada, son niños. Comiéndoselo todo a su paso con la mirada, sacando conclusiones descabelladas y fantasiosas de la vida que van desapareciendo con la edad. ¿Y por qué? Yo no quiero que desaparezcan. Quiero seguir observándolo todo, quedándome no solo con lo importante, si no también con los detalles. Detalles de momentos que solo vivirás una vez. Poder describir cada cosa que veo y vi, que sentí, que pensé, que oí. 
Perfectos idiotas los que dejaron que el tiempo pasara también en sus mentes. Los que entraron aquel ascensor, bajaron la mirada, y no encontraron más que sus pies y su vida. 

viernes, 11 de octubre de 2013

Y no hacer las cosas sin ningún motivo.

Te apetece desahogarte porque, por mucho que lo intentas, nunca parece suficiente. Nunca es suficiente que tengas que dedicarle el mismo tiempo a los demás que a ti mismo. Nunca es suficiente intentar estar ahí donde te reclaman, cuando te reclaman, como te reclaman. Quieren más. Y a ti no te importa. No te importa quitarte tiempo o energía y dárselo a otro. Para eso es el tiempo al fin y al cabo, para gastarlo. Para usarlo una sola vez y nunca más. Y usarlo bien, a ser posible.
Pero te cansas de hacer las cosas por hacerlas, por complacer a los demás, porque crees que así recibirás algo. Y a veces ni tiempo, ni afecto, ni valoración, ni todas esas cosas que le llenan a uno la vida. Piensas en si estás perdiendo el tiempo, lo dejas todo tirado, escupes a lo hecho, aunque no se pueda ni tocar. Intentas darte razones para hacer algo que será criticado, rechazado o ni si quiera tenido en cuenta. 
Pero coges el lápiz, el corazón y el tiempo una vez más, te agarras fuerte a la vida y piensas que quizá deberías aprender a no hacer las cosas sin ningún motivo. 

jueves, 26 de septiembre de 2013

Inciso.

En lo más oscuro de mis secretos, berreo como una niña enfadada y rabiosa. Una rabieta sin fundamento y con inútiles ganas de amainar. Corre la vida y, como siempre, no espera. No me da tiempo a pensar en todo lo que hago mal, en todos los perjuicios que me hacen peor persona, que me asustan y me encierran en mí y en mi conciencia, que mortifica y aparece siempre en un intento de hacerme mejorar. A veces prefiero quedarme ahí y el tiempo pasa entre notas y pensamientos que calman esos estúpidos días de soledad y silencio en que todo me enfada, me disgusta, en que nadie me escucha y todo sale mal. 
No debería pensar esto, o aquello. Debería ser tal, o cual. Y cuando debería y no lo soy, no lo estoy, o no lo hago, prefiero quedarme quieta y esperar a que mi conciencia calme, a que mi madurez aparezca, a que los días me enseñen, a que el tiempo me moldee. Y cuando suelto las riendas y soy lo que no me gustaría ser otra vez, o las cosas son como nunca quise que fuesen, me miro. Por dentro, por fuera. Lo peor de mi quiere salir, me desgarro un poquito y, en un intento de coger el ritmo que lleva la vida, acaban días como este.

Nunca es demasiado tarde para mejorar. Y nunca es demasiado tarde para calmar a esa niña enfadada.