sábado, 25 de enero de 2014

Se buena chica.

Asúmelo, no puedes hacer nada, resígnate. Sigue adelante, olvídalo, llora por ello de vez en cuando. Guarda los recuerdos siempre que puedas. No luches, no incordies. Que nadie te vea pasarlo mal. No te quejes. No te tomes las cosas a pecho, no es des importancia, pero no te descuides. Preocúpate por los demás. No te comportes como una niña: no eres una adulta. No sabes nada, no hables, no digas tonterías, que no te juzguen mal. Vístete correctamente, no te salgas demasiado de las modas. Arréglate cuando las fechas lo dicten. No te quejes. No grites, la culpa la tienes tú. Estudia pero no te agobies. Tu futuro depende de esto. No intentes entender las cosas, y mucho menos cambiarlas. No eres nadie. Búscate un trabajo en cuanto acabes de estudiar. Ayuda aunque no te lo vayan a agradecer. Por mucho que hagas, te sentirás inútil. Nunca va todo bien. No seas borde con la gente, se encantadora y sociable, hasta con los que te parecen gilipollas. No se lo digas, guárdatelo, invítales a una cerveza. Ríete con las bromas estúpidas. No mires mal a nadie, no señales. Esta mal odiar a alguien. Cuídate las compañías. Haz como que no sabes nada. Piensa que los platos rotos no lo están. No guardes rencor a nadie. Haz lo que te manden, dependes de muchas más personas de las que crees. No discutas, no te metas en política, que te de igual lo que hacen contigo y tu vida. No te cases hasta los treinta, pero cásate. Ten hijos. Cámbiate de móvil de vez en cuando. Vístete mejor. Levántate de buen humor todas las mañanas. No te enfades, no pierdas los estribos, se educada y no te indignes demasiado.

Intenta ser feliz, y si no, aparéntalo. Y sobretodo, no te quejes.

domingo, 12 de enero de 2014

No necesito motivos para la soledad.

No necesito motivos para estar sola. A veces la soledad me inspira. No necesito motivos para querer salir a pasear sin hablar ni hacer nada interesante. Para encerrarme y escuchar música en silencio, dormitar a media tarde o leer parando en cada página. Tampoco los necesito para bailar sola mientras cocino, en la ducha o para tocar la guitarra y cantar a plena voz canciones tristes. No los necesito, pero a veces los tengo. Motivos derivados de "nada en especial". Motivos derivados de pesadillas guardadas por obligación y de ilusiones que no quisieron compartir conmigo. Del mundo me cansa y las personas me aburren. Si, aunque parezca imposible, las personas me aburren. Y si no me aburren no me dan motivos para dar paseos con ellas. 

Así que salgo a dar paseos sola y, si me canso de mí, busco a alguien con quien hablar de mis pesadillas. Aunque no le interesen.

jueves, 2 de enero de 2014

Viejo no es lo mismo que antiguo.

Había pasado el tiempo. Yo lo notaba en su cara, un poco más desgastada y llena de arrugas. Tenía los ojos rojos. Unos ojos verdes que yo me preguntaba cada vez que le veía si eran los que yo había heredado. A veces lo parecían, a veces no. El pelo un poco más blanco, un poco más débil. La voz sonaba como siempre: única, rota, alta. Se reía enseñando los dientes como siempre había hecho, con una risa nerviosa que seguro que había heredado yo. Nerviosa pero contagiosa. 
Hablábamos de la vida. A mi me parecía absurdo que alguien que apenas había llevado un camino recto en su vida me hablara de ella. Procuraba leer entre líneas, buscar detrás de cada palabra aquella verdad que me tenía en vilo desde que se me calló del altar. En esos momentos deseaba no haber crecido, deseaba no saber algunas cosas, no darme cuenta de otras. Deseaba pensar que era la niña más afortunada del mundo y que él había sido y será siempre lo que yo quería que fuese. Me volvió a mirar. Se le veía cansado. 
A pesar de todo lo que se había roto con el paso de los años, seguía habiendo una extraña complicidad. Algo que hacía que todas las demás personas de la sala sobraran al no entender lo que yo sentía al verle. No sabía si el sentía lo mismo, ese cúmulo de sentimientos y recuerdos que luchaban por llevarse a la tumba una imagen correcta de él. '¿Quién es?', me preguntaba a veces, después de casi dos décadas en su vida. 
Me preocupaba más de lo que él pensaba. De lo que yo entiendo y de lo que mucha gente quería que me preocupase. Pero me daba igual. Evitaba los fantasmas, las malas intenciones, los malos recuerdos y le miraba otra vez.

"-¿Por dónde viene el sueño? -Por la ventana.", el mismo sitio por donde se escapan una vez rotos.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Reflejos.

Era una de esas noches que no tienen nada de especial. Una fina capa de nubes cubría el cielo por partes, dejando entrever algunas estrellas en las zonas donde la luz no estaba presente. Hacia ese frío seco con el que me había criado, el que dura desde finales de septiembre hasta abril. Me dirigía a paso apresurado por la acera de la carretera principal, por la que apenas pasan coches ni personas, por las que paseas solo con el frío la mayor parte de las veces.
Estaba emocionada y tenía preocupaciones absurdas y primermudistas: si me pelo había hecho de las suyas o estaba presentable, si esa canción que sonaba se estaba repitiendo, que debía hacer al llegar a donde me dirigía... Pensaba en todo y en nada; un nudo en un estómago lleno de ilusiones. 
Una sombra que al principio me fue indiferente avanzaba por la misma acera que yo, en dirección contraria. A medida que se acercaba vi que era un hombre mayor, un ancianito que en cualquier otra ocasión no me habría llamado la atención. Al fin y al cabo, es lo único que hay por donde vivo: ancianos. Íbamos a chocarnos y en un primer momento me acerqué más a la carretera. Pero el señor comenzó a acercarse también hacia la carretera; volvíamos a estar en un punto donde íbamos a chocarnos. 
Cinco segundos. Un autobús dobló la curva y se dirigía inevitablemente hacia nosotros a bastante velocidad. El señor había bajado de la acera y, aunque ya no nos chocábamos, el cada vez estaba más cerca de la línea blanca que delimita el carril. No había nadie más y cuando estábamos a menos de un metro, sentí tanto miedo que pensé que iba a presenciar algo terrible. Tenía la mirada perdida. Habría jurado segundos después que iba ebrio. Sonreía y apenas se daba cuenta de que si seguía andando, un autobús se lo llevaría por delante. Un gesto de acercarlo a la acera salió de mí, un amago de tirar de él, de apartarle de una posible muerte. El hombre me miró extrañado pero sonriente. Fui una cobarde, ni si quiera le toqué. El autobús pasó casi rozando al hombre y yo me quedé paralizada. Seguí andando lentamente. Miré al hombre varias veces hacia atrás, que seguía andado al lado de la maldita línea blanca. 
Estaba más cerca de mi destino, pero se me olvidó como llevaba el pelo. Se me olvidó que tenía frío y mi mente, pesimista y trágica, pensó en que habría pasado si el autobús hubiese atropellado al hombre. En si hubiese sido capaz de apartarlo si hubiese visto que eso real e inevitablemente iba a pasar. Cómo habría reaccionado si lo peor hubiese pasado. La gran diferencia que hay entre dar un paso o no darlo, lo que puede cambiar la vida en unos segundos y, sobretodo, lo cobarde e insignificante que me sentía en aquel momento. ¿Y si yo no hubiese estado? ¿Y si el hombre hubiese cruzado la línea blanca?
Llegué a mi destino. Demasiado pronto. Me senté y puse la mirada en lo que esperaba que llegase. 
Aquella tarde disfruté un poco más que si ese encuentro casual no me hubiese sucedido. Disfruté de cada palabra, de cada gesto, de cada abrazo, de cada silencio. Respiré hondo y medité sobre (aunque suene profundo y absurdo) lo endeble y lo efímera que puede ser la vida. Yo seguía allí, después de haberme acercado a la muerte ignoro cuántas veces a lo largo de mi vida. 
Y pensaréis: "¿Y por qué piensas en eso? Déjalo estar." 
Porque a veces, no te apetece esperar a que la vida se acabe para vivirla. A veces disfrutas de esas tardes que pensabas que serían como esperabas hasta que alguien se cruza en tu camino. Y entonces son mejores.

martes, 3 de diciembre de 2013

Como un árbol de hoja caduca.

Faltaron años de experiencia para escribir, cuando todo empezó, una metáfora lo suficientemente correcta como para expresar una vida que parecía predestinada a la repetición y a los inviernos malditos. Pero el tiempo pasa y yo recuerdo las cosas como si pasaran ayer, pero como si fuesen eternas. Eternas y capaces de hacer aflorar sentimientos que hasta que vuelven a surgir, parecían enterrados bajo experiencias de cielos despejados y noches de calle y compás. 
Entonces todo se repite, como la última vez que el frío aparcó en mi ventana durante meses, aparcando también en mi vida, llenándola de incertidumbre y caminos nevados que me hacían tropezar. Nada que ver con esas mañanas de calor y luz, que llegaban hasta el último rincón y recoveco de mi habitación, de mi cama, de mi mente, de mi vida. Que lo alumbraban las cosas que pasaban y las hacía bonitas y estables. En otoño mi balcón se revoluciona. Caen hojas secas, llueve suave pero avisa de tormenta, y después sale el sol. Radiante, esperanzador. Alterando los días y haciéndolos imprevisibles y revolucionando mi mente hasta la desesperación que es la incertidumbre constante y absurda. 
Y en diciembre nada alumbra, todo se cubre de ese manto gris que de vez en cuando deja caer sus lágrimas, se retuerce sobre sí y el sol busca un hueco entre la niebla, el frío, la soledad. Pero hiela un día tras otro, hiela hasta que en marzo o abril florece todo. O lo intenta.
A veces nieva en primavera.