viernes, 4 de abril de 2014

El fin o el principio.

Busco un botón. Un botón que luce muy hondo en mi interior. Desde que era pequeña, desde que lloré por primera vez en los brazos de mis padres. Y que mantengo hasta hoy, menos de lo que espero que sea un cuarto de mi vida. Ese botón es el freno, el "stop" de algo que no me deja vivir con calma, por mucho que lo intente. No, no son fantasmas, ni recuerdos, ni que me este volviendo loca (creo). Es mi impulsividad. O mi carácter, aunque eso incluiría muchas cosas más. Vive en las entrañas, entre lianas y selvas amazónicas, entre cráteres de volcanes y escombros de sentimientos que caen cuando se rompen, cuando se apagan. Algunos de esos escombros, o despejan el camino o lo enturbian, siendo imposibles de traspasar, siendo el origen de más rabia y enfados. El botón se ríe de mi con su deslumbrante luz, que me aborda siempre en los peores momentos y no me deja ver. Me cega con su injusticia, con su falta de empatía, con su poca sabiduría y experiencia.
La experiencia que le fata la voy adquiriendo yo. Como un videojuego en el que cada experiencia es un punto, una vida, una esperanza más para llegar al botón y pulsarlo, apagarlo, destruirlo y acabar así con mis reacciones. El camino es áspero y la dificultad se haya en averiguar qué parte es culpa del botón y qué parte debe ser así. Pero no me arriesgo. Prefiero acabar con él, matarlo, acabándose así con una parte de mi que casi todo el tiempo deseo que no vuelva.

Hay días en los que la luz no te deja avanzar, pero de repente caes por un barranco, te pegas un golpe.
Y estás más cerca de acabar con parte de esa niña que sus padres un día sujetaron en brazos.

lunes, 31 de marzo de 2014

Preprimavera.

He cultivado poesía en tus labios,
que a veces también son los míos.
Y he comprendido que
las primaveras adelantadas
solo son fruto de tus versos.
He perdido el tiempo en ti,
que a veces somos nosotros
Y prefiero llamarlo gastar
en regar campos de secano
malditos de inviernos rotos.
He crecido en tu mente abierta,
que a veces es el escenario de mis sueños.
Y he querido pasarte de mi
flores lilas puntiagudas
que evitan heridas del corazón.
He descansado en tus brazos,
que a veces no distingo de los míos.
Y no he deseado más motivos
que querer mantener
tu primavera en mi jardín.

Exilio

Nada ocurre nunca como esperas. Una especie de hilo invisible tiene atadas por los tobillos (y por el corazón) a todas las personas. Quizá la única forma de evitar esto sea una casa en la montaña, ajena a todo, provista de todo. De exquisitos e interminables manjares, de preciosos y eternos libros y pájaros cantores en la ventana. Acorde con cualquier personalidad solitaria y agotada por el mundo. Serías tú y tu vida. 

Solo tú podrías intervenir en tus actos, en tus pensamientos, casi hasta la locura (o la cordura, nunca se sabría bien). Casi perdiendo la facultad de hablar, de comunicar, de sentir hacia otras personas. ¿Sentir qué? Cualquier cosa. Odio, amor, deseo, rechazo, indiferencia. ¿Y qué sentirías tu hacia ti mismo? Mirarte a un espejo cada día y ver como pasan los años. Como la vida te consume sin que le regales tus momentos, tu tiempo a alguien. Vivir de recuerdos, de sueños, de la imaginación. La realidad se volvería lejana, ajena, desconocida. Como un amor de la adolescencia que decidió olvidar. ¿Y amor? ¿Te olvidarás de amar? ¿Te olvidarás de aquel sentimiento irrefrenable, indescriptible, que confunde, altera, cambia a las almas más dolidas e introvertidas?

Si, estarías solo, protegido de la vanidad, del odio, del rencor, de los desdenes, los llantos, los fracasos. Pero la intimidad deja de ser intimidad cuando se convierte en costumbre, cuando nadie puede romperla. Y se convierte en soledad, una soledad revuelta con tu cuerpo en una mezcolanza homogénea e inseparable. 

Sería la libertad de nada.

martes, 25 de marzo de 2014

Martes y veinticinco.

Un error. Algo que por casualidad y sin realmente saberlo te estrella las ilusiones en la cara. ves como se desmoronan tus sueños. Algo de lo que puede que en unos años apenas te acuerdes. Algo que seguramente desde fuera carecerá de importancia. Pero todas las ideas que tenías en tu cabeza se quedarán ahí, guardadas. En ella hasta que cojas fuerzas para retomar una idea que resultó ser horas y horas de trabajo fracasado. 
Una esperanza atisba. Parece que exagero. Pero para mi supone una oportunidad perdida. Algo que, además, se me restregará durante algunas semanas. Me desilusiono y desespero, me debato entre el esfuerzo último y el abandono. 
La rabia me recorre absurda e inútilmente. Al fin y al cabo, con lamentarme no gano nunca nada. Así que se me pasan por la cabeza ideas desesperadas con las que rematar esto sin un mal sabor de boca. Con las que tirar hacia delante y respirar aliviada. 
Rebusqué en mi memoria, en mi imaginación. No podía jugarme una mala pasada. Ahora no. 

miércoles, 12 de febrero de 2014

Déjalo.

Me recorría por dentro. Yo lo notaba, el dolor de siempre después de toda una vida a su lado. Intentaba encontrar el fallo, el interruptor que encendiese en mi mente el motivo de aquellas palabras.
Respiré hondo y entendí que por mucho que huyera, corriera e intentara empezar de nuevo, casi dos décadas habían expirado y más de un millón de veces se habían quedado las palabras en el pozo de las buenas intenciones, y jamás conseguiría tener aquello que a veces hasta suplicaba, rogando y pidiendo por favor de cualquier forma que mis palabras retumbaran en aquel corazón que a veces era de hielo y a veces se derretía.

Dejé las esperanzas en el mismo sitio donde un día dejé los sueños y continué, cantando mentalmente una de esas canciones que me salvan de los abismos.