jueves, 2 de marzo de 2017

Agujeros de gusano

Se levanta un viento que me despeina ligeramente, a la vez que me permite sentir más la pureza del aire, del lugar. Se oyen mis pasos y algún pájaro de fondo, un susurro de agua, nos canta el silencio. Siento, bajo mis manos, apoyada en la hierba, la tierra que siempre me acogió. El horizonte es más infinito que nunca.
Tras los muros de adobe y los bajos tejados, me rodean montañas de tierra caliza y campos de secano que delimitan unos con otros por la dirección que presentan los surcos de la tierra. Los colores cambiantes del tiempo que, en este nacimiento de la primavera, se presentan en marrones claros, verdes apagados. Volver a las raíces es recordar que te daba igual mancharte a cambio de sentir lo áspero de la tierra, de sentarte en una roca, de acoger a un animal en tus brazos. 
Dejas caer todas las barreras y te presentas indefensa ante aquella realidad que va quedando atrás, donde las mujeres atienden la casa, hacen la comida y llaman a la mesa, donde los hombres realizan el trabajo, vuelven a casa del campo y esperan al sol a que llegue el mediodía. Aquella realidad donde no se cierran puertas y que a la vez carece de salidas, donde no hace falta decir nada, donde se disfruta de cada gota de calor y de cada esquina de sombra. 
A veces vuelvo a esta realidad que es pasado y apego, a la que tan poco me parezco ahora pero a la que tanto amor mantengo de antes, donde siempre seré esa niña que corría entre las casas y jugaba entre antiguos carros, rodeada de campos, respirando vida, mirando a todas las estrellas que el cielo podía mostrar y durmiendo con un manto de calma que ahora encoje el corazón y hace ensombrecer un alma que siempre estuvo unida a una tierra despoblada.

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jueves, 20 de octubre de 2016

Pálpito

De repente me di cuenta de que nunca me había parado a escuchar tu corazón, a pesar del significado cercano y humano que tiene para mí; define a alguien que siente, que padece, que provoca algo en los demás. Cada uno suena diferente. Un poco más a la izquierda o a la derecha, más suave, más claro. Igual se aceleró el ritmo por las circunstancias, pero en aquel lugar, que guardaba tantos recuerdos, y que me había encogido el corazón tras prohibirme a mí misma no volver nunca, la distancia se acortó entre nosotros y ya sólo dejábamos pasar el aire por tener de dónde respirar. Creaba recuerdos nuevos en sitios viejos que contenían imágenes difusas y tristes. Todo en mi cabeza, por supuesto. Pero la ciudad no dejaba de estar impregnada de momentos que había ido extendiendo poco a poco, sin imaginarme que más temprano que tarde acabaría por haber huellas de mi vida en cualquier calle. 

Nos encontrábamos en un lugar con magia propia, aunque aparentemente normal o banal, como podrían parecer muchos otros si no los miras desde la perspectiva adecuada. Ya de noche se evitaban las miradas, se miraba al infinito, se hacían infinitos los momentos. Lo recordaría con cariño y cierta melancolía tras un día lluvioso que había intentado arrastrar todas las posibles pequeñas dudas. Las luces aclaraban la realidad, pero preferíamos las sombras. Parar cada veinte pasos, cerrar los ojos para agudizar el resto de sentidos: oír el murmullo del río, sentir una caricia, saborear el momento.

No sabía qué esperar de todo aquello y estaba decidida a no esperar nada pero a disfrutarlo todo. Con miedo, con el mismo miedo que causa casi todo en la vida y con todas las veces que oyes "no es el momento" o "no es esto lo que necesitas" o "no puedo darte más". Probablemente algún día habría que apartarse, olvidar, seguir con la vida como si nada, apreciando las cosas por su existencia efímera y su huella en nuestra mente. Romper con el pasado, escribir un par de poemas sobre ello, llorarlo alguna que otra noche y volver a empezar.

Pero ese no era el día y Madrid lo sabía.

domingo, 25 de septiembre de 2016

Raíces

Jamás sentiré una tierra
tan mía como la de Soria.
Jamás olvidaré el color de sus campos
mezclados con tierra caliza.
Los tonos verdes del trigo y la cebada
las encinas alzándose entre los caminos,
el olor del tomillo que trae el viento
mientras recoges uvas en la vid.

Jamás sentiré una tierra
tan mía como la de Soria.
No la tierra como lugar,
sino la tierra que arrastra el viento
que piso y que forma los caminos.
La tierra que se queda en las manos
cuando coges setas sin llevar abrigo.

Jamás sentiré una tierra
tan mía como la de Soria
porque aunque viva en otros lugares
y aunque mi corazón este dividido
entre la ciudad y el corazón de la Castilla
que empieza a caer en el olvido,
las raíces que son para siempre
toman su agua del mismo río
del que se nutren los campos
que hoy deseo describir en mi mente.

Y aunque el Duero se seque
y caminante, no haya camino
y a veces me despierte
lejos de su habitual frío
hay paisajes que no se miran con los ojos
sino con el corazón de un niño
y jamás sentiré, ya pueden ser París o Roma
una tierra tan mía
como siento la de Soria.


lunes, 19 de septiembre de 2016

Mono no aware

Soy de las que recuerda las canciones que bailó, de las que recomienda libros, de las que guarda objetos de momentos importantes. Soy melancolía y lucho contra el olvido. Siento como si fuera ayer todo aquello que me marcó. Siento las palabras provocando escalofríos en mi cuerpo, los abrazos calentando el corazón, las miradas diciendo adiós. Es pasado y los mantengo presentes; y casi siempre deseaba que fueran futuro. Casi siempre. Soy melancolía y lucho contra el olvido, aunque trate de dejar atrás la carga de los recuerdos.


viernes, 3 de junio de 2016

Tal vez si soñamos

Más que nunca y, como en mi vida siempre,
irremediablemente impaciente.
Tengo la necesidad, conmigo
de sentirte y de tocarte,
de tenerte como abrigo.

Es la conexión tan fuerte,
que la desconexión me mata.
La prisa por conocerte a fondo
y a la vez la incertidumbre
por rozar muy poco a poco,
por mantener viva la lumbre.

Encuentro un hogar en tus ojos,
castaños y llenos de vida.
Recogen de mi corazón despojos
y en tus manos les dan cabida.

Incluso cuando discutimos
por la maldita sintonía,
para mí somos dos músicos
al son de una melodía.

Y si perdemos la fe,
probablemente esté escondida
entre un beso que me des
y una carcajada limpia.

Si esto no es algo grande
que me traigan la primavera;
me reiré como nunca antes
de su dimensión austera. 

Tal vez, la conexión es tan fuerte
que la desconexión es terrible.
Tal vez, la sintonía nos falla
porque la música no se repite.

Tal vez queramos comprendernos tanto,
que un fallo nos da dolor de cabeza.
Arráncame las lágrimas si con eso
deshago nudos en tu maraña de ideas.




Pasara lo que pasara, iba a salir de aquello como siempre: con muchísimas agallas y una fuerza que a veces no sé ni de dónde sacaba. Oliendo y sabiendo a café y con la tinta en la boca. Con el dolor destruyendo todo y haciendo que, por momentos, me importara cada vez menos lo que le pasaba al corazón. Fingir que no tenia nunca era una opción; fingir que podía arreglarlo, cada vez más difícil y lejano. Soñar, la única forma de evadirme; el insomnio, siempre presente mientras las lágrimas luchaban por salir apelotonadas del lagrimal, queriendo descender por mi mejilla.

Iba a salir de aquello porque era lo que siempre hacía: salir. Hacia dónde, ya era otro tema. Qué difícil parece sentirse bien cuando no encuentras razones. Si sales, si sigues, es porque entre todo ese barro te encuentras a ti mismo, fuerte aunque a veces te derrumbes y entero aunque hayas perdido pedazos por el camino.

Pasara lo que pasara, la vida seguiría y yo siempre tendría metros cuadrados de más para un corazón que cada vez era menos.

martes, 10 de mayo de 2016

Temporal



A veces, cuando parece que el buen tiempo ha llegado para quedarse, vienen lluvias torrenciales. El viento se lleva tu paraguas y te azota en la cara para que sepas que no tienes que relajarte, que la vida está lejos de ser un camino de rosas. Caminas hacia la dirección que quieres, por mucho que cueste y que el temporal te empuje hacia otro lado y solo esperas llegar lo menos empapado posible. 

A veces, cuando crees que el calor te acompañará siempre, necesitas una manta y un buen té en la despensa por si vuelve el frío a colarse por la ventana y a hacer una parada bajo el edredón. Y si ocurre (que lo más probable es que ocurra) tu mejor arma es no pensar en lo malo del frío, sino en el cielo de diferentes tonalidades grises, en las gotas cayendo en la ventana, en sopas recién hechas y en hundir las botas de agua en todos los charcos que haya en la ciudad. 

Y de verdad, de verdad, que a veces, en medio de todas esas tormentas alguien te dice "no vale la pena" y te hace pensar, aunque sea mentira, que no mereces mojarte ese día. Y aunque quizá otro día valga la pena soplar las nubes y descubrir el sol, hoy por hoy te pones la capucha, metes las manos en los bolsillos y caminas mientras resuenan las gotas contra la acera, contra el abrigo, contra la vida... limpiando cualquier cosa que haya podido ensuciar la primavera.

miércoles, 13 de abril de 2016

Posguerra

Siempre encuentro motivos para desvelarme. A veces simplemente la realidad me mantiene alerta porque los sueños me parecen mediocres en comparación. A veces son los sueños los que anhelo porque igual, y solo igual, si mi subconsciente se comporta, me muestre aquello que quiero ver. A veces dudas y fantasmas se apelotonan en mi cama y el simple contacto con ellos me congela los pies. Noto la oscuridad amparando pesadillas y las sábanas guardando pensamientos fúnebres al son de una balada que se me antoja el requiem de todas las cosas bonitas que me pudieran suceder. 
Tengo miedo y casi siempre es un motivo para desvelarme. Porque me paraliza cualquier cosa que consigo pueda llevar de la mano un solo objeto punzante que raje este corazón y haga llorar este alma. Cierro las puertas a todo, guardo el corazón bajo llave. Tiro las posibilidades al mar en el que siempre naufrago cuando me lanzo desde aquel acantilado; tan seductor me parece cada invierno...
Y ahora hay silencio y resuenan todas las dudas y susurran todos los recuerdos y brota en mí el insomnio que no se aventura pasajero. Me grita la razón y pocas veces atiendo. La valentía dormita, drogada por la cautela. En un nuevo terreno, desconocido y exótico, suaves son los pasos que da el alma para no dinamitar en mil pedazos. "Velar tus sueños no puedo, más puedo limpiar tus heridas de guerra." 

Cansada de batallar, descanso, los párpados mueren en la arena: no sé si me han rescatado o he llegado tras permanecer a la deriva cientos de lunas llenas. 

miércoles, 23 de marzo de 2016

Un café para el recuerdo y por el olvido

Su rostro no tenía precio. Resplandecía tras un bigote descuidado y bicolor al que le había precedido una espesa barba que de una semana a otra había desaparecido. Siempre le dábamos la mano pero aquella vez fue para una despedida con ganas, con gratitud, no sabíamos si más en su sonrisa o en la nuestra. Enorme, como el rascacielos más alto de Madrid, era la cálida sensación que nos llenó al cruzar Gran Vía tras habernos dicho 'adiós' sabiendo que era 'hasta pronto'.

Fue él quien nos propuso que le invitásemos a un café, algo que lejos de parecernos desproporcionado o descarado, nos pareció fantástico. No quisimos dejarlo pasar y siete días después estábamos sentados en la barra de un bar, como quien se sienta con un amigo, con un colega, con alguien que conoces de toda la vida pero a quien llevas cuarenta años sin ver y necesita ponerte al día. Se reía mientras relataba las anécdotas de sus primeros años trabajando, más o menos verosímiles pero siempre interesantes. Recordaba sin una pizca de vergüenza pero con algo de rencor el momento en el que la vida lo arrastró a la calle, hasta el cartón donde, como él decía, “maldormía” a no ser que una cerveza le ayudase a dormitar hasta caer toda la noche. Hablaba de gente que le llamaba la atención por la calle, de aquella mujer a la que le hubiera gustado acercarse para hablar, de aquella joven que, decía, le recordaba a mí y que veía a menudo por el centro. 

Casi no mencionaba nuestros nombres, pero yo estaba segura de que se acordaba y de que, en algún lugar en su interior, a veces esperaba que apareciera por allí a solicitar asiento, un acto meramente cordial, pues yo sabía que jamás iba a recibir una respuesta negativa. 

Nunca le había visto tan contento, pero los tres sabíamos que no era por el café. El café siempre era la excusa; aquel brebaje con el que lo mismo confiesas el peor de tus pecados que te enamoras cualquier tarde de invierno, pero que tan sólo calienta las manos y predispone las almas para lo que tenga que venir. Él no pagó, sino con sus palabras y sus historias, y eso era más que suficiente.

La semana siguiente, ya sentados en el cartón, le bastaron dos minutos de cordialidad para que empezara a contar hazañas y anécdotas, historias de su día a día, reflexiones confusas, un vago recuerdo de cómo era la ciudad cincuenta años atrás. Volvió a sugerirnos lo del café: quería compartir y olvidar el frío.


Nunca pensé que el agradecimiento pudiese dormir en un cajero. Consiguió que una noche de febrero pareciera un día de abril.

domingo, 13 de marzo de 2016

Más allá de las montañas: Capítulo 5

Los grandes árboles del bosque eran los únicos que no habían cambiado. Nora reflejaba en sus arrugas el paso de los años, al igual que sus hermanas. El abuelo se había quedado en casa, ya apenas podía andar y se despidió de Julián antes de que saliera. Solo ellos cuatro llegaron a la frontera del bosque, sin más ruido que el de sus pies pisando las hojas secas del otoño. El otoño más triste desde que había nacido Julián. El otoño más triste en dieciséis años. Pero también era un otoño lleno de esperanza. Julián sentía en su pecho más que nunca la responsabilidad y la oportunidad que su madre le había brindado, pero a la vez una gran angustia por dejar atrás lo que había conocido y querido: su familia, sus amigos, la gente de aquel pequeño lugar. También el miedo. Nadie sabía que había más allá de las altas montañas con las que soñaba su madre, nadie sabía si cerca habría gente o si tendría que andar durante años hasta poder llegar a un sitio habitado. No sabía dónde estaba ni a dónde iba, y solo contaba con una mochila bien equipada y la esperanza de cumplir con aquel futuro mejor.

Besó y abrazó a sus tías y después se acercó a su madre. Ambos retenían las lágrimas, pero a la vez sonreían. No creían que aquello fuese a pasar. Les dolía separase, ambos habían sido su apoyo y consuelo mutuo, su mayor alegría y mayor motivo de vivir. Para Nora era todo lo que tenía y todo lo que le quedaba de Miguel. Y ahora lo dejaba marchar. Tras un eterno abrazo que se hizo corto en comparación con saber que el resto de sus días estarían probablemente separados, Julián cruzó, como había hecho muchas veces desde que tenía consciencia para saber que debía volver, comprobando con su madre que seguía siendo inmune a aquella maldición. Pero esta vez cruzó para no regresar, saludando desde el otro lado de la barrera invisible y dejando caer las lágrimas a medida que avanzaba. El mundo se hizo inmenso ante sus ojos, pero tenía el paso firme. Siempre cabía la posibilidad de volver si la muerte se asomaba antes de llegar a algún sitio habitado. Pero no volvió.

Su familia pasó los primeros meses con el corazón en un puño: podría haber muerto o haber llegado a algún sitio donde encontró la felicidad. Pronto se acostumbraron a la incertidumbre, aunque no a la falta. Y miraban al cielo esperando vagamente alguna respuesta a las incógnitas que despertaban el destino de Julián. Los vecinos preguntaron y finalmente tuvieron que explicar cómo había sucedido lo que consideraron un milagro. Pero la mayoría de personas no quisieron que sus hijos se marcharan, así que solo unos pocos eran mentalmente preparados para salir de ese lugar sin sentir más miedo del que su cuerpo podía permitirles. Al principio todos se compadecieron de Nora, acusándola incluso de ser una mala madre por haber dejado que Julián se fuera sin saber si podría sobrevivir, alejándole de su familia y su conocida y querida comunidad. Pero ella no escuchaba sus argumentos cerrados y supersticiosos. Solo sentía en su corazón la ferviente sensación de que su hijo había encontrado la vida fuera de aquellas barreras.



Epílogo


Un día cualquiera un joven viajero llegó con su familia al pueblo. Iba de la mano de una bonita mujer y detrás corrían dos niños de unos doce años. Para él era un día excepcional, y se encontró con un lugar excepcional, mucho más deshabitado de lo que él lo había conocido. Supo reconocer a todos los ancianos, pero no a los adultos ni a los niños. Supo reconocer, por supuesto, una vieja casa separada de las demás, muy cerca de la colina donde nació y donde ahora una anciana mujer vivía con dos mujeres. Todas tenían el claro color del cabello de Julián, pero solo una tenía arrugas de mirar al cielo sonriendo y los ojos chispeantes de esperanza. 

domingo, 6 de marzo de 2016

Más allá de las montañas: Capítulo 4

No fue raro que la idea surgiera en su amada colina, mirando a sus preciadas montañas cuando el sol está a punto de despedirse. No sabía cómo, pero quería sacar al bebé de aquel pueblo aislado. Miró al pueblo, allí abajo, en la ladera. No habían conseguido escalar la barrera más de veinte o treinta metros a lo alto, sin ningún éxito. Pero la colina era mucho más. Igual el triple. Nora no lo tenía claro, pero sabía que mucho más.  ¿Podría considerar que la montaña estaba fuera de la barrera? No tenía ninguna forma de averiguarlo, pero era lo único que podía hacer: daría a luz allí, en el punto más alto.
No comentó a nadie su plan, guardó silencio y continuó con su vida, de forma habitual. No quería ni podía ocultar su tristeza, pero se reflejaba en la chispa de sus ojos aquella esperanza de poder salvar a su primogénito de un destino triste como el suyo.

Los meses pasaron deprisa, entre malos ratos por culpa de los síntomas y preparaciones para la llegada del nuevo miembro de la familia. Todo estaba dispuesto en la habitación que antaño compartía Nora con Miguel. Dada la situación del pueblo, las parejas intentaban no tener descendencia, pues poco más podían hacer si había cosechas malas, sino alimentar a otra boca hambrienta. Algunos murmuraban y se compadecían de la pobre Nora, que cuidaría al hijo sola teniendo que mantener también a su suegro y sus hermanas, pero detrás de esos comentarios solo había admiración.

Por fin llegó el día. Salió de cuentas algo antes de lo previsto. Estaba asustada, pues sabía que si alguien más se daba cuenta, la retendrían en la casa y no podría llevar a cabo su plan. Por otro lado, si lo contaba, se lo tomarían como una tontería y tampoco la dejarían salir de la casa. Por suerte, estaba sola, trabajando fuera de la casa en aquel momento. Rompió aguas y, con todas sus fuerzas, subió a lo alto de la colina, lo más alto que pudo subir, pensando en que ese esfuerzo podría salvarle y que a la vez podía matarlos a los dos. Estaba dispuesta a arriesgarse. Cuando se tumbó suspiró aliviada, pero por poco tiempo, las contracciones ya eran fuertes y, soportando un gran dolor y aguantando más de lo que jamás pensó que podría, dio a luz.

Cortó con un pequeño cuchillo del que se había provisto el cordón y se quitó su delantal, y con el envolvió a la criatura. Era un niño, con los ojos verdes y las facciones de su apuesto padre. Tenía, sin embargo, el claro pelo de su madre. Muy finito, apenas visible, por encima de una cabecita blanca. Lloró durante unos minutos hasta que Nora le calmó. Lo abrazó. Lloró. Sentía una gran alegría y una imperiosa necesidad de comprobar si su intento de salvarle había dado sus frutos. Agotada y sudorosa, bajó la colina en busca de la frontera. Caminó apenas un kilómetro cuando se topó con ella. Lo supo porque sus brazos iban delante, y chocaron débilmente con algo invisible e intraspasable. Suspiró, volvió a coger aire y con mucho cuidado de no hacer daño a su amado bebé, por si no funcionaba, lo acercó a la barrera. El bebé sollozó al notar que algo le separaba del calor de su madre, pero alzó las manitas, las cuales pasaron, sin ninguna dificultad, la fuerte barrera que había encerrado durante generaciones a toda una comunidad. También pasó parte de su cabeza. Pero no pudo pasar más, Nora lo sujetaba y sus manos estaban dentro de aquella jaula. Sin embargo, el éxito fue claro: el bebé estaba más allá de lo que llegaban sus manos.


Ilusionada y alegre se fue a su casa. Cuando entró supo que habían estado buscándola. Normalmente no se preocupaban, pues desde la muerte de Miguel, Nora desaparecía con frecuencia, suponían que para estar sola y amainar su tristeza, pero estaba a punto de salir de cuentas y les daba miedo que se encontrara sola a la hora del parto. Así fue, pero no por mera casualidad. Nora entró feliz y les enseñó al niño, que tenía un aspecto saludable y alegre. No duró mucho, pronto se durmió y ellos tuvieron tiempo de preguntarle efusivamente a Nora que por qué no había intentado volver a casa. Ella entonces les explicó toda la historia, desde su idea hasta su comprobación. Su hipótesis refutada, algo que podía cambiar el curso de la vida del pequeño. Tanto el ahora abuelo como las nuevas tías del niño guardaron silencio mientras asumían lo que habían oído: hacía mucho tiempo que todas las personas habían descartado cualquier posibilidad de salir de allí. Simplemente lo asumían y aprendían a vivir así como tuvieron que aprender sus primeros ancestros, los que provocaron según la leyenda que el pueblo se quedara aislado. 

Pero pronto mostraron su apoyo a la joven madre: el siguiente paso era criar al bebé, hacerlo un joven fuerte y consciente de su destino, que supiera que cuando estuviera preparado, saldría de allí en busca de un futuro diferente. Comenzaron por llamarlo Julián, que quiere decir "de raíces fuertes". Así fuera a donde fuera, esperaban, no las olvidaría.

sábado, 20 de febrero de 2016

Notas de eneros fríos

Estás loco si crees que abandoné la calma por ti. Abandoné la calma porque ella y yo ya no éramos capaces de vernos la cara sin sentir cierta amargura. A mí me llamaba la tormenta y el caos, las llamaradas de locura y las acciones imprevistas, las ilusiones, el desconcierto, la improvisación.
Estás loco si crees que te regalé aquellas páginas para que las desestimaras. Bórralas como a mí; tíralas, písalas, olvida dónde y cómo las dejaste y vuelve cualquier día para ver si puedes escribir en ellas.
Estás loco si pensaste que me quedaría viendo cómo me marchitas y te riegas, cómo me arrancas las hojas mientras dices que me quieres ver crecer. 
Estás loco si, por solo un segundo, creíste ser algo más que aquello que, como un niño con un juguete nuevo, me quiso dos días y me rompió el tercero.

Estoy loca porque pensé que podía creer a un extraño cuando me hablaba de un paraíso que solo estaba en su cabeza. 

miércoles, 13 de enero de 2016

Sobre agallas e ilusiones deshechas

Apenas unos años después de haber empezado a vomitar palabras, ya siento que lo he escrito todo. Lo más difícil de escribir cómo me siento es que tras escribirlo, lo veo. Me veo reflejada en palabras conectadas por mi mente, que forman mi alma y que atañen al corazón, allá donde aún quedan resquicios habitables. Lo peor de las palabras es enfrentarte a ellas, poder mirarlas de frente una y otra vez y que no se borren con el tiempo, la compañía o con irse a dormir pensando que mañana, por no llevarle la contraria al sentido común, será otro día. Y lo mejor de las palabras es enfrentarte a ellas. Sí, te ves por dentro y te contemplas, ves las heridas, ves las alegrías y coses los rotos. Y sobre todo, ante todo, y porque parece que es la única forma de hacerlo de verdad, te perdonas a ti mismo. Me vienen canciones y frases a la mente, ¿qué voy a escribir yo, si los mejores ya lo han escrito? 
Pero también me leo a mí misma, porque al fin y al cabo, dónde me voy a encontrar mejor que en mis versos. Y no he cambiado, aunque no soy la misma, pero mantengo aquellas cosas que me hacen ser como soy, para bien o para mal, como la pasión y la impaciencia. Las moldeo para mí, lo consiga o no, las ato a mí, las hago a mí y las aplico: cuando me rompen en pedazos y cuando me sonríen un domingo. 
Siempre busco refugio aunque considero que casi siempre en sitios equivocados: las palabras hacen fortalezas que los vasos vacíos no pueden romper. Me miro al espejo y soy yo; me recuerdo con quince años, cuando empecé a arrancar páginas a las libretas, a hacer ruido con las teclas y, más que nunca, a conocerme. 
Yo, me, mí, conmigo. A veces soy una terrible compañía y otras la única que me hace madurar. Diecinueve años y los ojos vidriosos, el pelo revuelto, poesía en los labios, grabadoras sin reproducir, libretas sin acabar y sin empezar, la fuerza en los abrazos, las manos incorrectas para tocar un saxofón, dramas a media noche, sonrisas a media tarde, ganas de sentir todo el día y ganas de querer...

...me para siempre.

sábado, 2 de enero de 2016

1 de enero

Llovía y yo lo oía desde mi habitación. Cerraba los ojos y me dejaba envolver por el sonido que las gotas producían al estrellarse contra el suelo de mi balcón, las ruedas de los coches abriéndose paso entre los charcos, a veces los tragos que ingerían los canalones. Al menos podía oírlo y respirarlo. Quería salir a la lluvia pero no lo hacía. Cualquier cosa fuera de mi habitación me parecía cruel y aterradora, escondía la cabeza bajo las mantas y meditaba una vez más sobre lo cansada que estaba de meditar siempre sobre lo mismo. Soledad podía ser una triste compañera, que alimentaba fantasmas y hacía regurgitar las penas, pero dejaba más espacio para mí: protagonista de mi vida, mi centro de atención. Podía respirar y respiraba tiempo; quería tranquilidad y tenía, irónicamente, más que nunca entre rebeliones internas y bullicios externos. Hay cosas que ya no cura ni un buen café. 
Sentía ganas de gritar algo, pero todo parecía dicho y todo parecía silencioso y en calma. Es lo que viene después de la tormenta, aunque yo siempre seré de lluvia. Del fondo solo podía subir y del frío solo podía esperar golpes. Buscaba nuevos lugares de escribir ensuciando las hojas a la par que limpiaba mi alma e intentaba perdonarme las cosas a base de leerlas de mi puño y letra. Repeticiones inconexas sobre lo que debería ser y lo que no, sin respiro al corazón más que para mantenerse en calma y solicitar nuevas costuras a agujas que quizá nunca llegarían a enhebrar. 
Y quién sino yo misma, como digo que hago siempre y como en realidad no hago nunca, va a tapar los agujeros por los que se escapan todos esos sentimientos que rebosan tras una noche de melancolía y errores en la que solo pude quejarme, como siempre hago, de que las cosas no son como yo quiero. 

Casi veinte años y las mismas rabietas.

jueves, 10 de diciembre de 2015

Fénix

Espero que estés bien. Espero que hayas encontrado la calma, las respuestas, las salidas. Espero que hayas conseguido dormir y que hayas dejado los cafés a las dos de la mañana. Espero que el olvido aun no haya llamado a tu puerta, que tú no te hayas lanzado al abismo de la desesperación y que la tristeza no tenga intención de quedarse a vivir. Espero, de todo corazón, que pronto ni recuerdes cómo era una despedida. Espero que puedas mirar otros ojos y sentir ilusión, que ni te suenen los lugares en los que nos sentamos, que no recuerdes si me gusta el frío o el calor.

Espero que te sepan igual los cafés, que cuando trasnoches sea sin motivo y que no pierdas ningún bus. Espero que la dársena en la que te dejé parezca siempre perfecta para sentarse, que miércoles no signifique nada para ti. Espero, y sé que con esto me desesperaré, que no olvides nunca la última canción que compartimos y que unos ojos verdes nunca más signifiquen algo para ti.

Espero que no vuelvas a hundirte en un océano, que nunca necesites alcohol para hablar, que 24 horas te parezcan mucho tiempo para pasar con una sola persona. Espero que tu realidad supere a cualquier ficción, sueño o intento de felicidad y que puedas utilizar el mecanismo que provoca en tu cerebro que olvides a alguien con solo desearlo. Espero y esperaré siempre que ese mecanismo tenga opción de retroceso o que al menos el olvido no exija rencor. Espero que nos encontremos, que si lo hacemos sepa si saludarte y que si no te saludo, sepas que estaré deseándolo.


Espero que escuches mis canciones y que, tras haberte quemado en el fuego que sentías, hayas renacido de entre tus cenizas. 

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Manías

No era dolor, pero me invadía una extraña tristeza. Algo había hecho mella en mi interior sin llegar a romper nada. No había tenido tiempo de romper nada. Había dejado el sabor amargo de acabar con algo que no había empezado. No había tenido tiempo de empezar. ¿Y a quién decirle que te ensombreces por no poder volver a vivir unas horas que te hicieron sonreír? 
Nos conectaron las palabras y la sonrisa de una calidez nunca esperada. Yo siempre pienso que los cafés unen más que lo abrazos. Sentía los lazos porque me tiraban a un mar abierto, templado y calmado, que me mecía con una suave brisa y me hacía sonreír y meditar. Pero llegue a una playa de arena ardiendo al calor de la realidad. No quiero dejar de bañarme en el mar.
Miles de sentimientos, recuerdos cercanos y pensamientos nuevos y extraviados se encuentran en mi cabeza, que confusa y agotada sólo quiere descansar en dos abrazos diferentes, que sólo siéndolo harán ambos que me sienta especial. 
Viviría de las suposiciones y de sentir cosas nuevas de vez en cuando, de replantearme la sinceridad y el dolor, el amor, la vida, los sueños, los sentimientos y el resto de cosas que le dan color a esta existencia aún joven. A veces, no obstante, vivir es vivir en calma y experimentar cosas nuevas desde lo ya conocido.
Era extraño esperar encontrarse un nuevo error en cada lugar al que iba, dudar de algo de lo que es difícil estar completamente seguro y estar completamente seguro de que te iban a volver a hacer dudar. Y qué bonito y qué triste; "dudar de tanto es otra forma de morir". Pero si algo es ilimitado y propio es la mente, y ahí no hay más barreras que los propios pensamientos y sentimientos. A veces los aparto a un lado, me inunda la imaginación. Absorbe mi alma y, por unos segundos, estoy en otro lugar. 
Y es que esa era la palabra para describir todo: extraño. Y, sin embargo, todo era curiosamente conocido. Como si el deseo de liberar y dividir el alma fuera algo que nunca se puede controlar. A veces, en medio de palabras y confesiones, se me paraba el corazón. Y todo el mundo sabe que, por mucho que se quiera que prime la razón, sin corazón no se piensa.

jueves, 26 de noviembre de 2015

Más allá de las montañas: Capítulo 3

Los años pasaron y fueron olvidándose aquellos horribles días. Se acomodaron a la vida en su pueblo, sabiendo que jamás podrían salir. Para las nuevas generaciones el encierro fue algo normal, e incluso le tenían miedo a lo que podía haber más allá de la barrera. Ya no era una amenaza, era una especie de protección. Por eso cuando Nora y Miguel se encontraron por primera vez en su colina, buscando algo más allá de aquella barrera y huyendo de su tradicional pueblo, supieron que estaban hechos el uno para el otro.

Pronto se instalaron en una pequeña casa, cerca del único río que tenían, y que de forma incomprensible la barrera dejaba pasar. Era el mismo que nacía en las montañas de Nora y llenaba el lago de Miguel. También los animales entraban y salían. Eso representaba ciertas ventajas, pues a veces algún animal que ellos no podían criar cruzaba, era cazado y eso permitía alimentar a muchas familias y generalmente suponía una celebración. Pero también, siempre por descuidos, muchos de sus animales se iban y no volvían, haciéndoles así perder todas las ventajas que el animal traía. Las pieles eran escasas, así como los huevos y la leche. Lo más abundante solía ser el cereal, y ese año había sido su suplicio. La maternidad estaba controlada, y quien tenía hijos sabía que se arriesgaba a no poder darles de comer algunos días y a quizá no tener con que taparles en invierno. Era una vida difícil, pero no conocían otra cosa. No podían conocer otra cosa.

Una tarde, subiendo a la colina como cualquier otro día, Miguel alegó cierto malestar. Era habitual que la gente enfermase y que por supuesto, dados sus escasos recursos, muriese si era algo grave. Pero Miguel pocas veces caía enfermo y ni él ni Nora se alarmaron demasiado. A la mañana siguiente no fue a trabajar. Ni a la siguiente. Ni las diez que le sucedieron. Por primera vez su bello rostro se marchitaba a pesar de los cuidados y ungüentos de toda la familia y de los vecinos. Algo desconocido ocupaba el cuerpo de Miguel y nadie sabía cómo sacárselo. Para la gente del pueblo era algo habitual y se tomaron la enfermedad de Miguel con tristeza pero con resignación. Para Nora sin embargo, cada día que pasaba era una razón menos para seguir en vida, pues él había sido la única cosa que la había salvado de la amargura de aquel encierro en el que nació y se crió. Si él se iba, la tristeza vendría para cobrarse todos los años que había estado ausente.

Finalmente, al decimoquinto día, Miguel falleció a la hora en la que solían empezar a bajar de la colina. Se fue como el último rayo de sol que se iba por el oeste y para Nora no volvería a salir el sol jamás.

Los primeros días fueron amargos y oscuros. Ella no paraba de llorar. Lo más difícil fue ver como se llevaban el cuerpo inerte de Miguel, sabiendo que jamás volvería a verlo. Pronto la tristeza se convirtió en rabia, días en los que Nora solo gritaba y se enfadaba con sus hermanas. Subía casi corriendo a la colina y ahí descargaba su rabia, lloraba y pataleaba. Pero no tardó mucho en evolucionar a resignación, y otra vez a tristeza. Una tristeza amarga y sórdida que ocupaba todos los rincones de la casa.

Las cosas cambiaron el día en que comenzaron los vómitos y los mareos. Al principio se asustaron, quizá ella también había caído enferma. Quizá la tristeza había arraigado tan fuerte en su corazón que se había convertido en su billete al mundo de los muertos. Pero pronto el miedo se convirtió en sorpresa: la vecina, la matrona del pueblo, confirmó que estaba embarazada.

Más de tres meses de embarazo se manifestaron pronto en más síntomas, en malestar, pero también en un cambio en al ambiente de la casa. Cuando Nora asumió que lo que llevaba dentro no era sino lo que le quedaba del amor de su vida, comenzó a pasar los días meditabunda, pero cuidando de sí misma. Estaba más feliz, pero también más cansada, y pasaba gran parte del tiempo con el padre de Miguel, sentados en la casa, en silencio. Todos cuidaban de ella y ella quería cuidar de su bebé. Quería cuidarlo siempre. Y sabía que allí no podía.

jueves, 12 de noviembre de 2015

Más allá de las montañas: Capítulo 2

A falta de otras emociones, muchos años atrás los vecinos del pequeño pueblo habían decidido recoger sus enseres y partir hacia otras tierras donde empezar de nuevo, más cerca de otras poblaciones. Pero era un camino duro, pues con la idea de cruzar la cordillera para llegar al otro lado a pesar de no saber qué se encontrarían, se determinó que los más débiles debían quedarse para que los demás prosperaran. La mayoría de estos débiles, por supuesto, eran ancianos. Muchos aceptaron el cometido en silencio, mientras que otros dijeron que intentarían cruzar con los demás. Pero para la mayoría era imposible, eran tiempos difíciles e incluso los jóvenes se hallaban débiles. Una pequeña porción se rebeló contra la decisión, pero de poco sirvió. Cansados de aquel lugar, incluso muchos de sus familiares hicieron lo posible por mantenerlos encerrados o convencerlos de que era lo mejor para la comunidad. 

Solo una anciana, que a pesar de su buena apariencia padecía del corazón, permaneció en una esquina del ágora, oyendo las discusiones y viendo aquellos viles abandonos. Sostenía en las rodillas una cesta llena de setas que había estado recogiendo con la idea de partir con la multitud, pero que ahora sólo miraba con tristeza. Al poco rato esa tristeza se convirtió en aceptación, y después en rabia. Cuando no pudo contenerla más se levantó. Para sorpresa de todos se situó en mitad de la reunión, con los puños fuertemente cerrados y con los ojos cerrados y empezó a susurrar unas palabras. Eran completamente inteligibles para los presentes y despertaron murmullos y algunas risas. Pensaban que había perdido la cabeza o que quería llamar la atención. Pero pronto los susurros se convirtieron en palabras en voz alta, y en gritos. Gritos potentes y que parecían provenir del interior de aquella mujer. Un revuelo general invadió la plaza y de pronto la anciana puso fin a su espectáculo. Abrió los ojos. Una carcajada general hizo que mirara a todo el mundo con más rabia aún de la que sentía. Los niños miraban extrañados y los ancianos, con cierta incomprensión.

-¿Qué pretendías, vieja? – Dijo uno de los hombres jóvenes - ¿Invocar al demonio? – Y las risas volvieron a generalizarse.

La anciana recogió su cesta y volvió a paso acelerado a su casa, donde se encerró. Los privilegiados emprendieron la marcha, dejando atrás a todo aquello que parecía pesarles más de lo debido. Pero a cinco kilómetros de la última casa, donde solían llegar con el ganado, pues más para allá solo había oscuro bosque, algo les impidió irse. Lo primero que pensaron es que era un cristal, pero fue imposible romperlo. Tampoco se podía escalar. No se veía. Aquella cosa transparente era más fuerte que sus armas y sus brazos, y rodeaba el pueblo. Así lo supieron porque así lo comprobaron, algo que les llevó el resto del día y que iba enfureciéndoles a medida que se daban cuenta de que sus planes no tenían futuro alguno, pero aún más por saber que aquellas palabras que habían suscitado en ellos incertidumbre y simple humor, habían sido su llave al calabozo, al encierro, a un corral que ellos mismos habían conseguido hacerse por su falta de humanidad.

Llenos de ira y rencor, corrieron a la casa de la anciana bruja, que se encontraba aislada de los demás. Comenzaban a entender por qué en ese momento y acabaron de entenderlo al entrar en su morada, tras un forcejeo y algunos golpes en la puerta a los que nadie respondía. De un lado a otro de la planta baja, desordenados, rotos y llenos de extraños mejunjes, se extendían cientos de botes y cuencos, de cazuelas y papeles viejos con extraños símbolos. Tras superar la primera impresión, subieron a la primera planta: buscaban a la anciana, debía deshacer lo que había hecho, pues les llevaría a la ruina y a la muerte tarde o temprano. Pero la sorpresa fue mayor que la primera al encontrarse un cuerpo inerte y blanquecino, en mitad de la escalera y tirado como un trapo viejo. Tenía la mano derecha en el corazón y un gesto de dolor en la cara que no tardó mucho explicar que había sufrido un infarto por la emoción de los hechos. De poco servía ya reprochar o pedir algo a quien no se hallaba entre los vivos.

Pero su ira era mayor que su pena. Salieron de la casa dispuestos a preguntar a cada anciano, a cada persona que habían dejado allí abandonada. La mayoría estaban donde los habían dejado: en los bancos y aceras del centro del pueblo. Nadie sabía nada. Nadie pudo hacer nada. Los más jóvenes empezaron a creer que todos los ancianos eran como las brujas y los enfrentamientos se daban a cada momento. Nadie supo descifrar los libros y hojas de la bruja y nadie se atrevió a mover su frío y cada vez más putrefacto cuerpo de la escalera. Tras días de desesperación, tirando de las supersticiones y del desconcierto, decidieron que quizá la única forma de acabar con aquella situación era acabar con los ancianos y con la magia. Era más sencillo hacerlo todo junto, por lo que metieron a todos los ancianos en la casa de la bruja y sin ningún remordimiento, prendieron fuego.


Pero eso no acabó con la barrera, sino que la fortaleció. Y así quedaron atrapados, mirándose por el rabillo del ojo y murmurando a las espaldas. 

lunes, 2 de noviembre de 2015

Más allá de las montañas: Capítulo 1

Esta leyenda, sin ningún tipo de moraleja, empieza con la historia de un hombre y una mujer que subían todos los días al acabar la jornada a lo alto de una colina, la cual estaba cubierta de la hierba más verde que jamás había crecido y poseía las vistas más bonitas del pueblo donde vivían, y de mucho más allá. Desde esa colina el pueblo quedaba pequeño, y quizá por eso quedaba precioso, pues se veía el horizonte, un horizonte que a ellos les parecía inmenso y misterioso. Lo que a ella, a nuestra alegre Nora, más le gustaban eran las montañas que se atisbaban al fondo, altas como el mismo cielo, siempre cubiertas de nieve. Si tenían un pico, jamás lo habían visto, pues la niebla siempre cubría la cima y acentuaba ese aspecto misterioso que tanto ansiaban ver cuando subían a su colina. Nora era una mujer que destacaba por su carácter y a la vez por su gran amabilidad, sin olvidar la belleza de su claro cabello y de sus finas facciones. Mientras que a él, nuestro apuesto Miguel, alguien que a su vez era serio pero trabajador y humilde,  lo que más le gustaba era un lejano lago, con forma de cántaro ovalado y dos bahías que formaban la boca de su imaginario cántaro de agua. Se imaginaba en su orilla, disfrutando del leve movimiento que provocaba el agua del río procedente de las montañas que tanto amaba platónicamente su mujer.

Allí veían acabar el día en silencio, agarrados de la mano, sabiendo que era el mayor momento de paz que iban a vivir jamás, pues el resto del tiempo todo era ajetreo y trabajo, todo eran voces y ruidos. Así que cuando la última luz se despedía en el oeste, se levantaban de la hierba y emprendían el descenso hacia su casa, la cual era la viva imagen de aquella falta de armonía que ellos tanto ansiaban. Con las últimas cosechas, las peores en décadas por culpa de las plagas, la pobreza se había agudizado y había llevado al viudo padre de él y a las dos hermanas solteras de ella a instalarse con el matrimonio. El padre ponía el grito en el cielo cuando algo no era como supuestamente debía, mientras que las hermanas requerían atención una y otra vez, al no entender la dinámica de la casa del matrimonio y querer ir a los eventos que la comunidad celebraba, tratasen de lo que tratasen. Tras años de insistencia por buscarse un oficio o un marido, o ambas, por parte de sus padres, las hermanas habían ido aprendiendo a valerse por sí mismas cuando cavaron la tumba de su madre justo al lado de la de su padre y la última rosa de la dependencia cayó para ellas.


Los días amanecían teñidos de paciencia y las noches se cernían del color del agotamiento. Nora y Miguel notaban como su matrimonio discurría entre duros trabajos con los que mantener a sus familias y la frustración de ver como no podían formar una nueva, pues aparte de aquellas montañas y lagos, lo que a la par ansiaban era tener un hijo que heredara el impactante atractivo de él y el implacable carácter de ella. Un hijo que buscara otro destino que aquel al que todos parecían estar atados cuando nacían en ese lugar: la imposibilidad de ir a otro lado. Y esta no era una imposibilidad moral o legal o acaso económica. Era una imposibilidad física. 

lunes, 26 de octubre de 2015

La lucha moral sobre Primark.

Creo que aún sigue habiendo cola en el enorme Primark de cuatro plantas que se abrió en Gran Vía hace casi dos semanas. Aún no he ido, pero tenía todas las ganas de ir. Digo tenía porque, aunque ya lo sospechaba, me he encontrado con esto. Si lo has leído, medita. Compres en Primark o no, probablemente las condiciones laborales de los sitios donde compres ropa (u otros enseres) sean los mismos.Yo no vengo a contaros como son, buscad un poco, hay más como ese artículo de El Confidencial que hablan de Inditex (cuyo propietario, por cierto, sigue considerándose un ejemplo de superación y de emprendimiento), H&M, Levi's, Disney... y muchas otras marcas. El problema es: lo apoyes o no, ¿qué haces? Bueno, yo he buscado páginas que me diera marcas de cosas fabricadas en Europa. Esto antes era algo más o menos honorable, pues aún podíamos decir que teníamos un salario normal, pero es que aún ni con esas estamos evitando que alguien cobre una miseria por trabajar muchas horas. Porque, queridos compañeros, 700 euros al mes es una miseria en un país europeo. 
Sé que voy a volver a Primark. Y a H&M. Me encantan y, aunque quiera, apenas puedo huir. Apenas nada se fabrica ya en un sitio donde las condiciones laborales sean, como mínimo, decentes. Sin contar con que muchas cosas fabricadas en Europa se venden a precios desorbitados con esa misma excusa, y yo formo parte de una de esas familias que cobran nada decentemente. 
Parece mejor ignorarlo y seguir comprándome, como dice el artículo, pantalones a ocho euros, como he hecho todos estos años atrás y como probablemente seguiré haciendo. Parece mejor porque tampoco hay más opciones y ya puedes gritar delante de un Primark o repartir panfletos sobre sus condiciones laborales que va a seguir habiendo cola y probablemente te metas en un lío.
En este punto, y con todo el dolor de mi corazón, puedo decir que aunque a veces parezca que somos muchos los que criticamos este sistema por el cual todos quieren tener más sin importarles que se lo están quitando a otros, ellos siempre serán muchos más y harán colas más largas en las grandes marcas que las que hacemos algunos para ir a votar.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Expectativas

He vuelto. Y aunque a veces la ciudad me agobie y estrese, siento más que nunca las ganas de quedarme. Este sitio me aleja de fantasmas pasados y me rememora momentos felices. También me chilla, me pita, me ladra y me avisa de que el metro se va conmigo o sin mí. Empiezo a sentir aires de hogar: estoy con la familia que se elige. Me desvelo y me desoriento porque adaptarme a los cambios siempre me resultó difícil. Pero me gusta. Aunque sueñe con aventuras quizá no estoy hecha para vivirlas. O quizá cuando las viva se conviertan en pesadillas.
Esto no es una mera sucesión de sentimientos. También es reflexión, ahínco en lo hondo de mi mente, descripción de nuevos olores y ruidos a mi alrededor Recuerdo aquello de mirar el desagüe de la bañera, que se lo traga todo. Mi desagüe está sucio y carece de rejilla, así que se traga más de lo que debería. Supongo que no siempre podré adaptar mis costumbres y creencias allá donde vaya, que a veces tendré que ceder, adaptarme yo, aprender de nuevo. Esa gran sensación de cambiar algo que creías o pensabas por algo mejo. Un leve momento de difícil reflexión, que a pesar de lo que pensabas te digan que tienes pensamientos prejuiciosos y cerrados. Pero te niegas. Me niego. No sé lo que quiero ser pero sé lo que no quiero ser. Así que callo y escucho. 

La madera se friega con vinagre y no por mandar más te van a hacer más caso.